Suspensión

Este espacio entra en un periodo de suspensión de actividades. No se trata de un abandono de esos que me llevan a alejarme de aquí sin motivo. Se trata de una suspensión consciente de labores. El motivo es que pienso dedicarme a escribir. Esta semana pasé largas horas revisando todo lo que he publicado aquí y en un puñado más de rincones virtuales. Con las piezas armé un pequeño bosquejo de algo que finalmente empieza a tomar forma. Y quiero dedicarme ahora a alimentar ese proyecto. Dejaré de escribir uno tiempo aquí para ponerme a escribir un proyecto que he venido imaginando hace un par de años. En cuanto tenga noticias de ello, me leerán de nuevo por aquí.

Miradas

Nos miramos durante toda la noche, aunque nunca estuvimos a menos de tres metros de distancia. Nos miramos y nunca cruzamos palabra alguna. Mientras nos observábamos, nos enamoramos y comenzamos, cada uno por nuestro lado, a construir nuestra historia juntos. Conocimos nuestros encantos y exploramos nuestros puntos débiles. Encontramos que la gente hablaría de nosotros como una hermosa pareja. Supimos que en más de un aspecto éramos lo que estábamos buscando, cada uno a nuestro modo. Pero descubrimos también que, al final, lo nuestro no iba a funcionar. Comprendimos que la historia sería breve y que, llegado el día, terminaríamos haciéndonos mucho daño. Así, esa noche, sin cruzar palabra, edificamos un idilio que terminó sin cruzar una sola palabra, pues bastaron las miradas.

Pasado

Ciertos encuentros te devuelven un pasado que tu presente ignora. Los resultados pueden ser muy diversos.

En la mayoría de esos encuentros, la primer reacción es sonrojarte al reconocer que las miradas te traicionan. Temes que cuando tu presente te mire, descubrirá en la evasión de tus ojos una felicidad que no conocieron juntos, un entusiasmo que no compartieron. Sabrá con certeza que fuiste feliz en otros tiempos y tendrá que reconocer la mentira detrás de todos esos "contigo descubrí la felicidad" que pronunciaste.

Futuro

Ayer conversaba con una amiga acerca de mi incapacidad para imaginar el futuro. El mismo tema surgió de pronto esta mañana con una de mis colaboradoras en la oficina. En ambos casos, compartía que me cuesta mucho trabajo visualizarme hacia adelante. Puedo imaginar, cierto, algunas cuantas cosas concretas. Pero eso de trazar planes a un año o dos, ya me resulta bastante complicado. Pocas preguntas me complican más la vida que aquello de "¿cómo te visualizas dentro de diez años?" Admito que suelo escapar recurriendo a lugares comunes para salir del atoro.

Hacia el medio día, dejando que la mente vagara un poco y haciendo la periódica revisión de blogs, me topé con un bello texto titulado justamente El Futuro. Además de emocionarme ante tan sentida reflexión, encontré en esas palabras una pieza importante para comprender mis dificultades para imaginar un mañana. No digo que el amor de una pareja sea la única respuesta posible, pero admito que juega un papel importante. Supongo que cuando se tiene a alguien para soñar e imaginar, el futuro adquiere mayor sentido. Y lo supongo no solo por lo que afirman otros, sino porque creo que también yo lo he experimentado en algún momento.

Comprendí también por qué hoy me resulta tan complicado hablar de mañana. Y comprobé entonces que ciertas suposiciones sobre mi estatus presente adquieren calridad a la luz de semejante razonamiento. Ahora bien: una vez llegado a estas conclusiones, ¿qué se hace?

Interpretaciones

Con frecuencia olvido que las palabras son arma de incontables filos. Por más que uno se esfuerce en darles una dirección, nunca sabe el sentido que tomarán en la mente de otros. Y cuando uno ni siquiera pretende darles una intención o no busca un efecto concrero en terceros, la situación queda fuera de control. Y vaya que aquí —y en otros lados— he apostado por ser críptico o al menos no he tenido la menor intención de ser cuidadoso para especificar de qué o de quiénes hablo. Cuando por conducto de alguno de mis escasos lectores me entero de las interpretaciones que se llegan a dar a mis palabras, no sé si molestarme o simplemente asumirlo como consecuencia natural de la vía que he elegido para poner en común ciertos pensamientos. Evidentemente me inclino por la segunda. Claro que quisiera evitar que las interpretaciones erróneas tengan efectos en la vida de alguien. Sin embargo esa esperanza no es suficiente para renunciar a algo que vengo haciendo por convicción. Es curioso, pero creo que el silencio contundente de quienes por azar o con intención llegan a leer estos disparates, me ha dejado a veces con la sensación de que nadie lee cuanto escribo aquí.

Un año...

"Let's take it nice 'n easy...". La voz de Frank Sinatra cantaba inigualable aquella noche. Y mientras te miraba mirarme como sólo tú has sabido hacerlo, me di cuenta el sentido que las palabras de aquella canción adquirían en ese momento. "... it's gonna be so easy / for us to fall in love...", canté mientras quería decir algo más. Pronto nos daríamos cuenta de que las palabras salían sobrando. Pero esa noche quisimos tomarnos en serio el consejo de Sinatra y llevarlo todo lentamente, seguros de que las cosas encontrarían su curso si íbamos con calma. Un par de semanas fueron suficientes para descubrir que el sabio consejo nos quedaba corto: nuestros labios, nuestras manos, no entendían aquello de ir lento. Fácil, resultó sin duda. Tan fácil que ninguno nos dimos cuenta en qué momento pasó todo.

¿Qué pasó después? Me he preguntado muchas veces por qué las cosas tuvieron que salirse de control. Por qué terminé conduciendo nuestro idilio al fracaso. Seis meses. Seis meses me bastaron para terminar algo que, estoy seguro, ninguno de los dos conoció antes ni habrá de conocer después. ¿Qué pasó entonces?

Hoy, un año después, me duele pensarlo. Y me obligo a un examen en voz alta —aunque la voz alta sea ésta que nunca habrás de escuchar—. Un examen que me lleva sin más a reconocer mi responsabilidad en este juego que nos llevó a tocar el cielo y después terminó hundiéndonos en el mismo pantano que hace más de una década nos llevó a dejarnos atrás. Fueron las cosas tan distintas y terminaron en el mismo sitio que las habíamos dejado.

No. Miento. Las cosas no quedaron en el mismo lugar. Dimos unos cuantos pasos que borraron por completo aquella historia casi adolescente. Las razones que entonces tuviste para juzgarme, se transformaron por completo. A tal grado que si hoy merezco un sitio en tu memoria, poco tiene que ver mi recuerdo con lo que intentamos ser hace tantos años. En cambio, tenemos hoy la piel plagada de huellas. Mi boca conserva sabores que difícilmente borrará cualquier boca.

Una noche, cuando apenas empezábamos a explorar el nuevo encuentro, dijiste algo sobre la música que ponía cada noche al llevarte a casa. Dije que te grabaría algunas de esas canciones y me pediste que no lo hiciera: "No quiero relacionarte después con esa música". No queríamos anclajes que nos llevaran a pensar irremediablemente en el otro teniéndolo lejos. Y, sin embargo, hoy esos anclajes son todavía tan profundos.

Un año desde que te encontré de nuevo. Y seis meses de que te dije adiós, sin lograr explicar del todo mis motivos. Lo esperabas, es claro. Supongo que mis señales previas habían resultado demasiado obvias, no así los motivos, que en el fondo nunca expliqué con claridad. Lo cierto es que preferí huir cuando las cosas parecían escapar de mi control. Y no me di cuenta de todo lo que vendría después: lo doloroso que me resulta escuchar esa música que yo mismo me anclé y que a diario me obliga a pensarte. Me encargué de llenar mi mundo de señales para recordarte. Y vaya que han funcionado.

Hoy, no sé nada de ti. Y me pregunto con frecuencia cómo estarás y qué habrá sido de tu vida después de que nos despedimos hace seis meses. Y, digámoslo claramente: te extraño. Resultó tan fácil enamorarnos de nuevo. Hoy, aplico algunos cálculos: si entonces me costó dos meses "borrar" las huellas de 18 días, ¿cuánto me falta para dejar atrás esos seis meses de cielo que iniciaron hace un año? Las matemáticas sentencian que casi un año más me tocará entonces extrañarte. Supongo que sobreviviré.

Por lo pronto, a un año de distancia, solo puedo una vez más agradecer lo que vivimos. Claro, agradecer en mi interior, pues sé que nunca habrás de leer estas líneas, condenadas como siempre al olvido.

Qué ganas...

¡Qué ganas de contar nuestra historia! ¿Nuestra? Sí: nuestra. Esa historia que comenzó, no tengo la menor duda, cuando se separó a la luz de las tinieblas, creándose el día y la noche. Separados para siempre. Sin remedio. Y sin poder vivir el uno sin el otro. Desde aquel día, nuestra historia ha sido el eterno relato del desencuentro. Imposible estar juntos más allá de un instante. No ha sido miedo lo que nos ha detenido cuando, estando uno frente a otro, nos hemos dado la vuelta. Ha sido la conciencia. Conciencia que nos traicionó una vez. Esa vez que aún seguimos pagando, echándonos de menos a ratos. Llegamos a estar tan cerca de ser uno. Confieso que yo mismo creí que lo habíamos logrado. Con esa ingenua creencia navegué un instante que se convirtió en meses. Hasta que abrimos los ojos y nos encontramos de espaldas, como siempre, sabiendo que mirarnos frente a frente terminaría condenándonos a una soledad que nunca acabaría. Así que por turnos nos obsequiamos una mirada a escondidas. Intentando dejarnos una pista para saber que aquel reto a la conciencia había sido real. Pero la luz y las tinieblas hicieron su trabajo y borraron todo lo que nos quedaba para recordar. ¿Todo? No, no todo. Quedaron estelas que apenas nos susurran una melodía que ambos sabemos recordar sin saber de dónde ni de cuándo. Mucho menos de quiénes. Y, sin embargo, esa melodía no deja de sonar en nuestros oídos. Tendrías que admitirlo. Y no lo harás. Has encontrado que ignorar es un buen remedio. O al menos eso has querido creer. Y cuando jugamos a creernos las cosas, se vuelven ciertas. Yo, en cambio, no encuentro un juego en el que no aparezca tu recuerdo. Ese recuerdo que no tiene rostro pero que no deja de mirarme. Ese recuerdo que no tiene manos y, sin embargo, se aferra a mi piel salvajemente. ¡Qué ganas de contar nuestra historia! Pero apenas recuerdo tu nombre. He llegado a creer que el que uso para invocarte me lo he inventado yo mismo. ¿Supimos algún día nuestros nombres? El tiempo que logramos vencer al destino y nos jugamos los cuerpos, no hicieron falta palabras. Mucho menos nombres. Y, sin embargo, cuando te pienso siempre tienes nombre. No sé si sea siempre el mismo, porque siempre me resulta nuevo, como nueva me resulta tu sonrisa. Y tu risa. Tu risa. Quizá sea ella la única evidencia de aquellas noches. O quizá, por supuesto, es también una invención. Como tu nombre. Una invención para darme a mí mismo al menos una certeza. Porque si fuiste un sueño, mi propia existencia carece de sentido. ¡Qué ganas de contar nuestra historia! Pero para que mi relato tenga sentido, supongo que tendremos que vivirla algún día.

Sobre esa "otra historia posible"

Hace poco más de un mes en esta bitácora registre una ingenua entrada sobre "otra historia posible". Semanas más tarde, caí víctima de una inesperada fiebre y, en medio de mis delirios, descubrí nuevamente la inmensa soledad en que habito. Se me reveló con crudeza lo absurdo de mis "posibilidades". Con la misma claridad con que creí leer ese cruce de miradas y ese posible reencuentro, me topé entonces con el desprecio y la humillación, la burla y el sarcasmo. Lloré. Poco, unos segundos, pero lloré. Digo poco, pero fue mucho, pues hace meses y meses que no consigo un auténtico llanto. Acaso lágrimas furtivas. Lo de ese día sí fue llanto. Fueron unos segundos pero las lágrimas iban acompañadas de todas las reacciones usuales del llanto.

Hoy, un par de semanas después de aquella escena, me ilumina una nueva sonrisa en la distancia. Igual que aquellas sonrisas que frente a frente me regaló hace quince años. E igual que hace quince años, ignoro su rechazo y me quedo con su mirada, con su provocación. Con su extraña manera de decirme aquí me tienes mientras fortalece la muralla que nos separa.

Sonrío con su sonrisa. Acepto la muralla y me doy media vuelta. Comprendo que, como la de ella, hay muchas sonrisas que hoy me alimentan. Muchas miradas que, en silencio, me dan motivos para imaginar mundos posibles y seguir adelante. Así de poderosas son esas sonrisas y sus posibilidades.

Regreso

Hace tiempo que dejé abandonada estas libretas. Y aunque han sido muchas cosas las que han sucedido, en el fondo creo que han sido meses de un continuo vacío, una nada que ha llenado el espacio de actividades irrelevantes y me ha mantenido enajenado, absorto. De pronto, quisiera volver a tomar las riendas de mi vida. Esto va como potro desbocado, no me permite un respiro y no alcanzo a anticipar el rumbo por el que ha de conducirme. Recuperar las riendas. Me pregunto si alguna vez realmente las tuve.

Quisiera recuperar hoy al menos el control de estas bitácoras. No sé qué sentido pueda tener ni qué pueda lograr con mantenerla viva. Pero algo me dice que puede ser útil. Alguna pista he de encontrar aquí.

Así, entre mi túnel y mis pequeñas soledades, algo he de encontrar y construir para mí mismo. Para saber quién soy y qué quiero, al menos por un rato.

Otra historia posible

A pesar de la distancia, casi podría hablar de un cruce de miradas. Inesperado, intangible. Un momento en el que la fragilidad de ambos seguramente nos hizo pensar uno en el otro. Algo sabemos de nuestras historias. Quizá no tanto como nuestro inconsciente, pero sí lo suficiente para dedicarnos un pensamiento. Momentáneo, casi efímero.

Y una fibra ha palpitado con repentina fuerza. Me he visto obligado a dedicar más de un segundo a pensar en ti. He deseado profundamente que me recuerdes, que mientras experimentas la levedad que trae consigo estar libre de ataduras, te descubras pensando en nosotros y termines sonriendo. Y preguntándote qué hubiese pasado si...

∞

Las circunstancias —inesperadas circunstancias— de las que tengo noticia —o creo tener tras descifrar las crípticas palabras que ella ha elegido para compartir la nueva libertad que atraviesa— me mueven a recordarla. Recordar esos meses juntos. Han pasado tantos años. Éramos otros, sin duda. Y, después de los ires y venires que he atravesado, sobre todo en los últimos 12 meses, imagino un escenario en el que ambos, con nuestros aprendizajes, nos topáramos hoy frente a frente.

Es curioso ver alinearse de pronto los perfiles de esas mujeres que han dado cimientos a mi biografía amorosa. Resulta una aventura preguntarme acerca de ellas y responderme con los fragmentos que han dejado sin saber que a ratos me dedico a recogerlos. Armo así algunos rompecabezas que sin duda están lejos de ser la realidad, pero que extrañamente se convierten en un nuevo alimento para mis sueños.

Pronto he de hacer algo con esas piezas. Me divierte pensar que una de ellas esté en tal lugar, sin saber que en la mesa de a lado se ríe otro de mis viejos amores. O que una de ellas celebra su aniversario al mismo tiempo que yo conmemoro una ruptura. O que alguna otra suelte un comentario que tantas veces soñé susurrarle al oído. O descubrir las fotos en que sonríen a lado de sus parejas y... No, honestamente esto no me divierte tanto.

Y aquí sigo. Enamorado de la idea de estar enamorado. Dispuesto a volver al refugio de un amor por voluntad. Pero también convencido de la urgente necesidad de conservar todos los otros amores aunque sea inventándome una historia que nadie leerá.

Amor propio

En algún lado lo dije, aunque ahora mismo no recuerde dónde ni cuándo. Pero el hecho es que te extraño mirándome con ese deseo que sabía encenderme. (Solo evocar esa mirada, me eriza la piel, y más.) Extraño esa forma de reaccionar que tenía mi boca cuando te acercabas. Extraño esa forma de perder el control. Al final, es puro amor propio. Porque, si te das cuenta, no te extraño a ti por lo que eres sino por el que yo era estando cerca de ti. Y de pronto me asomo a algún rincón de esos que compartimos, esperando una señal de que también tú extrañas algo. Una señal de que te duele, que te duelo. Pero no. Y entonces me invento que ese silencio, esa desaparición, es justamente resultado de mi ausencia que te hace ocultarte de mí. Y quizá sea mejor así. Porque más me vale concentrarme en otras cosas, dar vuelta a esta página, sin dejar de agradecerte ese paso fugaz por mi vida.

Adiós

Y de pronto, con la misma fuerza inesperada con que apareciste, creí que sería mejor borrarte. Le di muchas vueltas y quizá sea eso lo único de lo que me arrepiento, pues pude evitar postergar las cosas unas semanas. Pero, tú comprenderás, no es fácil encontrar las palabras para decir adiós cuando el destinatario de las despedida ha entregado como tú o cuando resulta tan fácil sentirse bien a tu lado.

El hecho es que, al final, llegamos al final de unos meses poderosos, llenos de una fuerza que nunca podré borrar de mi piel.

Y, a pesar de lo difícil que fue dar el primer paso de esa última caminata juntos, nada más alejarme después de ese último beso fue darme cuenta de que ya te había olvidado. Vale, no olvidarte en el sentido de borrarte para siempre, pero sí entendiendo ese dar vuelta a la página, consciente de que aquella magia es parte del pasado.

Pronto —demasiado pronto quizá— empiezo a notar esas cosas que debo agradecerte.

Te agradezco, por ejemplo, haber neutralizado el significado de ciertos lugares. Asociarlos ahora contigo anula asociaciones previas. Territorios que tenía anclados en cierta dirección se han vuelto neutrales.

Pronto —quizá no tan pronto como hubiese creído— empiezo a notar aquello que echaré de menos.

Echaré de menos, por ejemplo, la forma en que sabías enredarte en cuerpo convirtiéndote en hiedra mientras me invadías. Esa forma de hacerme convertir cada por de mi piel en un volcán.

Te agradezco obligarme a ser sincero. Y agradezco también esa sinceridad a veces hasta dolorosa con que solías mirarme.

Echaré de menos lo fácil que resultaba decir ciertas cosas. Y echaré de menos la sencillez con que podíamos mirar nuestra desnudez.

Al final, son esas cosas que agradezco un día, las mismas que seguramente echaré de menos al día siguiente. Y viceversa.

No sé qué venga mañana para ti ni para mí. Solo espero ser capaz de borrar de cada instante lo que echo de menos, sin borrar esos pequeños detalles que te agradezco.

¿Lo quiero todo y su contrario, verdad? Ya sabes, no cambio.

Quisiera...

Quisiera recuperar este rincón al menos. Encontrar la forma de escapar del universo que me he creado y poder explorar y construir desde este rincón. Pero parece que no lo deseo tanto, pues sigo permitiendo que el mundo se venga sobre mí y no opongo resistencia. Lo dejo invadirme. Que me arrastren sus olas. Y sigo diciendo "algún día".

Atrapado

Me siento absolutamente vacío. No. Quizá no "absolutamente". Me enoja no encontrar palabras para describir cómo me siento. Se me ocurre decir que me siento atrapado entre un mundo que me oprime y me quita la respiración 24/7, y un mundo paralelo que me regala pequeñas bocanadas de aire de cuando en cuando. Cuando ese mundo alterno —que casi me atrevería a calificar de ficción— me acaricia, creo que todo lo demás vale la pena. Y con esa sonrisa me introduzco de vuelta al caos. Pero no me alcanza para mucho. Paso las horas permanentemente queriendo escapar. Y no encuentro una explicación lógica, racional, que me permita convencer o convencerme a mí mismo de que ese escape es válido. Así pues, no me lo permito. Y permanezco atrapado en esta red que yo mismo me he creado. No ya con dos vidas. Quizá con tres, cuatro... cien o mil.

Ojalá... pero no

Ojalá fuese solo su mirada. Pero no. Es esa fuerza irracional que despierta algo absolutamente nuevo en mi interior. Ojalá fuese solo una sonrisa. Pero no. Es ese instinto que había pasado tanto tiempo negándose a creer en la posibilidad de llegar tan dentro. Esa nueva certeza sobre mí mismo. Es esa risa que murmura cuando nuestros cuerpos borran sus fronteras.

¿Y ahora?

De pronto abrimos una puerta que no esperaba tan pronto. ¿El resultado? Indescriptible. Ventajas de no esperar nada: los pequeños detalles producen efectos muy poderosos.

En el mismo lapso que hace doce años enviamos todo al vertedero, esta vez hemos construido un paraíso en una nube. ¿Tendremos oportunidad de echar bases que hagan de esa nube un terreno seguro? Vamos, digo seguro sin esperar certezas para toda la vida. Lo digo esperando simplemente un cierto grado de claridad, de referente.

Hoy, esa mirada se ha apoderado de mi pensamiento de un modo completamente inusual. Esa caricia ha dejado un rastro que nunca antes había experimentado. Esa sonrisa. ¡Y esa risa! (Tú sabes qué risa.)

¿Y ahora?

Desahogo

De pronto por fin he estallado en llanto. Parece que eso es lo que venía haciendo falta. No me refiero a mi historia reciente. No estoy pensando en la separación de hace unos meses. Pienso en años. 20 años. Parece que este llanto lleva dos décadas esperando este momento.

En principio la válvula se abrió hace poco más de 24 horas. Pero en ese momento no brotó ni una lágrima. Ahora, minutos después de cruzar la puerta de esta habitación que hoy es lo más cercano a mi "casa", el llanto se ha dejado venir.

Apenas puedo escribir. Los ojos están empañados. Pero las manos empeñadas en soltar palabras. No sé por qué, ni para qué. Solo sé que el dolor es difícil de explicar. No pienso ni intentarlo. Solo quiero dejarme llevar.

De pronto los pocos mitos que se sostenían en pie se derrumban. Ese pequeño puñado de verdades a las que uno podía aferrarse desaparecen. Queda en cambio algo parecido a la traición. No, no lo es. No quiero pensar en esos términos. Pero esa sería en principio la palabra más adecuada.

Lo cierto es que de pronto los oídos escuchan una historia que no tiene pies ni cabeza. Una historia que me parece ficción pura. ¿En qué momento pudieron pasar esas cosas que hoy se me rebelan? ¿Cómo es posible que ni la más mínima señal de ello haya cruzado mi cabeza?

Me dicen que seguro recuerdo tal o cual incidente. Me lo dicen como intentando ayudarme a reconstruir las cosas. Pero esos referentes no existen en mi interior. Como siempre, parece que soy algo externo a mi familia. Parece que no me entero de nada. No sé quiénes son esos seres que tanto amo a mi alrededor pero de los cuales apenas sé la edad, el nombre o alguno que otro interés.

Un puñado de extraños. Y yo el más extraño entre todos. Una vez más, como tantas veces, me entero de historias que debieron pasar en mis narices y de las cuales no identifico el menor rastro.

Me siento tan débil. Tan frágil. No sé cómo reaccionar. Tan solo. Tan necesitado de un abrazo, de un hombro. Incapaz, como siempre, de aceptarlo e ir a buscarlo. Quisiera solamente desaparecer. No para siempre, es cierto. Pero sí renunciar al mundo que en todos estos años me he construido. Con ganas de empezar un mundo nuevo. Con ganas de un auténtico borrón y cuenta nueva.

Y, mientras tanto, las cosas están del carajo. Avanzan. Sin compasión. En medio de tantas tinieblas, una sonrisa se ha convertido en la esperanza. En medio del caos, no será sencillo conservarla viva. Si en las mejores circunstancias he fracasados cabalmente en empresas semejantes, es difícil asegurar que esta vez ha de ser distinto. Pero será.

La misma historia

Curioso venir aquí a volcarme acerca de ciertas cosas. Esa mezcla de intento de anonimato (intento, lo sé), con altas probabilidades de que mis palabras se pierdan en el mar de insensateces sin ser leídas por otros ojos que los míos, me permite llegar siempre decidido a decir lo que siento con absoluta claridad.

Pero sucede casi siempre que, al hacer contacto con el teclado, los dedos cambian de decisión y empiezan a tropezar. Se refugian una vez más en los enigmas, en las expresiones encriptadas, como lanzando al lector ausente un reto para descifrar las adivinanzas que hay en cada desahogo.

Ahora mismo, por ejemplo. Venía decidido a decir que necesito verla. ¿A quién? A una de ellas. O quizá a varias. O a decir que quisiera desaparecerla de mi vida. ¿A quién? A otra de ellas. O quizá a varias. Digo mucho y digo nada a la vez. Porque en el fondo todo esto termina siendo parte de la ridícula ficción que me he inventado a través de los años. Porque una u otra son al final la misma: ninguna y todas a la vez.

Daño

No han pasado muchas cosas desde la última vez que vine a este rincón. Pero las pocas que han sucedido valen por millones.

Apenas hace tres semanas hablaba de una encrucijada. Anticipaba mis temores de lastimarla. Y el día que intenté decírselo —torpemente como suelo actuar cuando intento decir algo importante— ella se adelantó y lo dijo por mí. "Tienes miedo de lastimarme, de hacerme daño. Pero no tienes por qué. No es tu responsabilidad." La cito quizá modificando algunas palabras, pero respeto completamente lo que me dijo. Lo que dijo con esa sonrisa atrapada con la que hace doce años me miró antes de hacerme trizas el corazón.

Las cosas hoy son muy distintas. No sé en qué sentido ni con qué posibles consecuencias, pero son distintas.

La confusión crece. Por momentos siento una lucidez absoluta, una claridad envidiablemente inusual. Y poco después todo se sacude de nuevo.

Una cosa es evidente: soy un peligro.

Acerca de este blog

Simplemente un lugar para compartir mis pequeñas soledades, esas que uno acumula a través del tiempo, cada vez que en el interior surge algo que el exterior no comprende. El nombre llegó inspirado por una frase de Roland Barthes.